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Yo viajo con frecuencia al patio de atrás de mi casa.

 

Es común el malentendido, de que para viajar se necesita cambiar al cuerpo de lugar; pero los verdaderos viajes solo ocurren cuando cambias la mente. Ser viajero, es una actitud, es mantener los ojos abiertos y viva la curiosidad.

Mi primer viaje fue a Turín, Italia. Tenia 5 años, mis papas nunca se enteraron. Lo hice de la mano de Enrique, un chico de tercer grado –parece me gustaron siempre los mayores- era su primer día de clases y el estaba muy nervioso. El libro se llamaba Corazón.

De esa época hasta hoy, me acusan de haber viajado mucho. No solo leyendo, sino también haciendo maletas y cruzando aduanas, llenando formularios para visas y esperando vuelos retrasados. Me han sellado el pasaporte cientos de veces. He hecho amigos entrañables, a los que nunca he vuelto a ver. He ido en avión, en tren, en bus, en barco, en bicicleta y en Rickashaw, a lugares cerca y a lugares lejanos. A Kyoto y a Tierra de Fuego. A Palm Springs y a Río de Janeiro. A Paris y a Yaguachi. A Bilbao y a Tallin. He sufrido de jet lag y he estado perdida en idiomas imposibles. He viajado con mochila y hospedado en hostales y también en primera clase a hoteles 5 estrellas. He comido en carretas de esquina y en restaurantes ganadores de estrellas Michelin. He comprado artesanías en Montañita y zapatos en Rodeo Drive. He disfrutado hasta las lagrimas de músicos en el metro de Londres y desde rimbombantes balcones de la Opera en Praga. He visto arte en las veredas de La Marais y también en Louvre y Orsay. Me han conmovido los escoceses y sus gaitas, los japoneses y su sentido del deber. Celebre en países diferentes San Patrick, Thanksgiving, Easter y Hanukka. He ido a mercados orgánicos y a roof tops. He visitado templos y mezquitas, iglesias católicas, anglicanas y ortodoxas, les he rezado a todos los dioses, deidades y santos. He corrido por las calles de Budapest, hecho pilates en Buenos Aires, yoga en Big Sur y en Soho… Tengo una gran colección de postales.

También viajo con frecuencia al patio de atrás de mi casa y siempre descubro algo. Últimamente a Jung y su teoría de los arquetipos, y a mi jardinero que se llama Jefferson con doble F y tiene a la esposa sin trabajo. Descubrí también que las iguanas son mas fuertes que mi bulldog francés y que hay una pareja de Durán que viene de pesca al rio Daule, para su kiosco de encebollados. También, que a las 6 de la tarde las parvadas de loras vuelan hacia el sur de Guayaquil y que en abril las cuculís anidan. Fue en mi patio que conocí a Carlos Fuentes, recordé a Vargas Llosa, a Borges y a tantos más.

Conforme pasa el tiempo me doy cuenta de que mientras mas conozco, mas curiosidad siento y que en ese recorrido he dejado muchas de mis limitaciones, neurosis y prejuicios abandonados en el camino. Que he ganado amigos en todos los husos horarios. Que la alegría se siente igual en todas partes. Noto que cada vez que me entrego a las experiencias sin reparos aprendo y que todo el mundo tiene algo que enseñarme.

Para viajar no siempre se requiere transportar al cuerpo, pero siempre se requiere mantenerse abierto, permitir que las experiencias calen, entregarse sin reparos, sin sentido de higiene emocional, sin distingos, sin temerle a las despedidas. Dejar pasar por uno el momento sin pretender controlarlo. Saber que lo que se vino a ver, no es lo mismo que lo que veremos. Que para conocer una ciudad hay que escuchar a su gente. Que las agendas apretadas son las principales enemigas de los viajes -pero que la puntualidad es muy importante. Que las decisiones equivocadas, son las mejores historias luego. Y que hay fotografías que es mejor no tomar, porque la imagen mental es eterna.

Para ser un buen viajero, lo primero que hay que empacar es la capacidad de asombro.

 

The Wonderlust